El superciclo expansivo de la economía de China en los últimos 50 años es uno de los milagros más sorprendentes de la historia moderna. Uno de los países más pobres del mundo, donde cada año morían miles de personas por hambrunas y enfermedades, es hoy una potencia económica y tecnológica que amenaza con arrebatar el liderazgo mundial a EEUU. Sin embargo, China no ha logrado convertirse todavía en una economía desarrollada o de ingresos altos en términos estadísticos. Este dato choca con las imágenes de las grandes ciudades chinas llenas de tecnología, coches y vehículos eléctricos o rascacielos llenos de oficinas. La realidad es que la economía China se ha quedado a poco más de 100 dólares de entrar en el histórico ranking de economías de altos ingresos que publica cada año el Banco Mundial.
Los ingresos per cápita de China superaron los 14.230 dólares, según los últimos datos publicados por el Banco Mundial. Sin embargo, la entidad pone la frontera con el mundo desarrollado o de altos en ingresos en la zona de 14.350 dólares, lo que ha dejado a China fuera de este lugar al que todo país aspira a alcanzar. Lo cierto es que China tiene regiones y ciudades que superan ampliamente estos niveles de ingresos per cápita, pero la china rural, la china que vive del campo, sigue están en parte por debajo de esos niveles, lo que no resta mérito al gran milagro chino. Por ejemplo, la clasificación del Banco Mundial sí incluye a Rusia dentro de los países avanzados con 15.960 dólares.
El propio Banco Mundial explica que «desde 1987, el panorama mundial de clasificación por niveles de ingreso ha cambiado considerablemente. La proporción de economías clasificadas como de ingreso bajo se redujo del 30% al 11% desde entonces. Sin embargo, estos cambios no se han distribuido de manera uniforme, ya que algunos países han transitado entre los grupos de ingreso mucho más rápido que otros». La nota del BM explica que China no ha logrado colarse entre las economías más avanzadas, pero su relevancia a nivel global merece una mención aparte.
El milagro chino en los últimos 50 años se puede contar como una historia a través de la evolución de su renta per cápita (un proxy muy cercano al ingreso per cápita en dólares que utiliza el Banco Mundial). La transformación económica de China durante las últimas cinco décadas puede resumirse en una cifra difícil de encontrar en cualquier otra gran economía. El PIB per cápita chino ha pasado de apenas 307,5 dólares en 1980 a los 14.873,6 dólares que estima el FMI para 2026, lo que supone multiplicarlo por más de 48.
No solo eso, el fondo espera que la escalada continúe con los 15.678 dólares en 2027, 17.725 en 2029 y prácticamente 19.900 dólares en 2031. Cabe destacar que estas son cifras expresadas a precios corrientes y en dólares, por lo que la inflación y el tipo de cambio tienen impacto en el corto plazo, pero en el largo reflejan la realidad del desarrollo de un país. Aunque el PIB per cápita no exactamente igual que los ingresos per cápita, se prevé que el año que viene China supera con creces el umbral para entrar en el ranking de economías de altos ingresos del Banco Mundial. Detrás de semejante salto aparece una de las mayores transformaciones productivas de la historia contemporánea. El tránsito desde una economía eminentemente rural y planificada hacia la gran fábrica industrial del planeta y, posteriormente, hacia una economía mucho más urbana, tecnológica y orientada al consumo y los servicios.
Primero fue la agricultura
El punto de partida fueron las reformas impulsadas por Deng Xiaoping desde finales de los años setenta. China comenzó a desmontar gradualmente algunos de los elementos más rígidos de la planificación maoísta sin renunciar al control político del Partido Comunista. La agricultura fue uno de los primeros laboratorios donde se buscó de forma brusca incrementar la productividad y los incentivos (antes de estas reformas la producción de cada agricultor se colectivizaba, con lo cuál daba igual si producías poco o mucho, si te esforzabas poco a mucho o si innovabas por o mucho. El resultado fueron producciones escasas y grandes hambrunas).
El sistema de responsabilidad familiar sustituyó progresivamente a la producción colectiva, permitió a los agricultores beneficiarse más directamente de lo que producían y elevó notablemente la productividad. A ello se sumaron la aparición de empresas municipales y rurales, una mayor libertad para fijar determinados precios y las primeras zonas económicas especiales, entre ellas Shenzhen. El cambio todavía aparece tímidamente en las cifras del FMI, puesto que el PIB per cápita era de 307 dólares en 1980 y de 348 dólares en 1990, después de fuertes oscilaciones durante la década. Pero bajo esa aparente estabilidad se estaban colocando los cimientos del despegue posterior.
La década de los noventa supuso la aceleración. China profundizó las reformas de mercado, abrió nuevas regiones a la inversión extranjera, reformó una parte de las empresas estatales y fue integrándose progresivamente en las cadenas internacionales de producción. Sus exportaciones se dispararon. El país ofrecía una combinación extraordinariamente competitiva, con una interminable fuente de trabajadores procedentes del campo, salarios muy reducidos, inversión creciente, infraestructuras en expansión y una política económica diseñada para atraer fábricas y capital extranjero. Las multinacionales comenzaron a utilizar China como plataforma industrial para producir bienes destinados al resto del mundo. El resultado ya resulta perfectamente visible en la serie del FMI, donde la renta por habitante pasó de 348 dólares en 1990 a 610 en 1995 y alcanzó los 963 dólares en 2000. En apenas una década prácticamente se había triplicado.
El boom del comercio y las exportaciones
Pero el verdadero salto llegó con el nuevo siglo. La entrada de China en la Organización Mundial del Comercio en 2001 terminó de integrar al gigante asiático en el comercio mundial y desencadenó una formidable expansión de sus exportaciones y de la inversión extranjera. China se convirtió progresivamente en la fábrica del mundo: electrónica, maquinaria, textiles, muebles, productos químicos y un número creciente de manufacturas salían de sus puertos hacia EEUU, Europa y el resto de Asia. Al mismo tiempo, millones de trabajadores abandonaban actividades agrícolas de baja productividad para incorporarse a fábricas y ciudades donde generaban mucho más valor por hora trabajada. El PIB per cápita pasó de 963 dólares en 2000 a 1.779 en 2005 y a 4.578 dólares en 2010. Es decir, prácticamente se quintuplicó en solo diez años.
El milagro chino tampoco descansó exclusivamente sobre las exportaciones. El país mantuvo durante años unas tasas extraordinariamente elevadas de ahorro e inversión, que permitieron financiar a bajos tipos de interés carreteras, puertos, aeropuertos, centrales eléctricas, vivienda, fábricas y posteriormente una inmensa red ferroviaria de alta velocidad. La urbanización generó además un poderoso círculo de crecimiento: trabajadores que producían poco en el campo pasaban a empleos industriales y de servicios de mayor productividad, mientras las nuevas ciudades exigían todavía más inversión. Tras la crisis financiera mundial de 2008, Pekín redobló esa apuesta mediante un gigantesco estímulo apoyado en crédito e infraestructuras. El modelo sostuvo el crecimiento, aunque sembró también algunos de los desequilibrios que China arrastra hoy, particularmente el elevado endeudamiento y la dependencia del sector inmobiliario, en plena contracción.
La década de 2010 confirmó el enriquecimiento del país, aunque también comenzó a mostrar que las tasas explosivas del pasado eran cada vez más difíciles de mantener. Según los datos del FMI, el PIB por habitante saltó de 4.578 dólares en 2010 a 7.775 en 2014, superó por primera vez los 10.000 dólares en 2018 y alcanzó los 10.349 dólares en 2019. China ya no era simplemente una economía especializada en manufacturas baratas. Las cadenas industriales fueron ganando sofisticación, crecieron sectores como la electrónica, las telecomunicaciones, el comercio electrónico, los vehículos y la maquinaria, y aparecieron grandes compañías tecnológicas capaces de competir internacionalmente. A la vez, el aumento de los salarios y la expansión de una enorme clase media hicieron que el consumo y los servicios adquiriesen un peso mucho mayor. China comenzaba a intentar cambiar cantidad por calidad: crecer menos, pero hacerlo mediante actividades de mayor valor añadido.
La pandemia interrumpió parcialmente esa trayectoria, aunque la renta por habitante volvió a dar un enorme salto inmediatamente después. De los 10.700 dólares de 2020 pasó a 12.872 dólares en 2021, pero desde entonces el avance ha sido mucho más pausado, pasando de los 12.989 dólares en 2022, 13.029 en 2023, 13.453 en 2024 y 13.968 en 2025. Aquí aparece la nueva realidad de la economía china. La población en edad de trabajar ha dejado de proporcionar el viento de cola de décadas anteriores, el país envejece rápidamente, el sector inmobiliario atraviesa una profunda corrección y resulta mucho más difícil conseguir grandes incrementos de productividad cuando una economía ya ha recorrido buena parte del camino desde la agricultura hacia la industria. A ello se suman las tensiones comerciales y tecnológicas con EEUU y otros países occidentales. China continúa creciendo (y la renta per cápita probablemente seguirá aumentando con fuerza gracias al descenso de la población, que dejará una tarta cada vez más grande para repartir entre menos personas), pero la etapa en la que podía multiplicar su renta trasladando centenares de millones de trabajadores hacia actividades mucho más productivas difícilmente puede repetirse.
Aun así, el FMI espera que el proceso de convergencia continúe. Sus previsiones sitúan el PIB per cápita en 14.874 dólares en 2026 y 19.883 dólares en 2031, casi 65 veces los aproximadamente 308 dólares con los que comenzó la serie en 1980. El motor, sin embargo, está cambiando otra vez como ya lo hico en el pasado. Frente al ejército de trabajadores baratos, las exportaciones de manufacturas sencillas y la construcción masiva que protagonizaron etapas anteriores, Pekín intenta apoyarse cada vez más en la automatización, los vehículos eléctricos, las baterías, las energías renovables, la inteligencia artificial y otras manufacturas avanzadas. China se hizo rica primero liberando productividad agrícola, después industrializándose, más tarde convirtiéndose en la fábrica exportadora del mundo y finalmente ascendiendo por la cadena de valor. El desafío de esta nueva etapa es quizá el más difícil. La economía tiene que demostrar que puede seguir acercándose a las economías desarrolladas cuando buena parte de los motores que hicieron posible el espectacular salto de los últimos 45 años empiezan a agotarse.