Keir Starmer pende de un hilo: dos eventos pueden desencadenar la caída del Gobierno británico en cuestión de días

Keir Starmer pende de un hilo: dos eventos pueden desencadenar la caída del Gobierno británico en cuestión de días

Cuando Keir Starmer ganó las elecciones británicas con una amplísima mayoría absoluta, la principal expectativa es que pusiera fin al círculo vicioso de inestabilidad, guerras internas y gobiernos que duraban apenas años o meses en el poder, una crisis infinita que había marcado los anteriores 8 años del Partido Conservador en el poder. Pero los malos hábitos, una vez adquiridos, no son fáciles de olvidar, y cada vez parece más probable que Starmer acabe cayendo en cuestión de semanas. El perenne estancamiento económico que sufre el país por culpa del Brexit ha enquistado el descontento social, el ‘caso Epstein’ ha puesto al primer ministro contra la pared, y las elecciones municipales y autonómicas del próximo mes pueden ser el detonante para un nuevo cambio de Gobierno.

En los próximos días, Starmer tendrá que enfrentarse a una gincana de momentos clave, y cualquiera de ellos puede ser el detonante que acabe con su etapa en el poder. El primero llega este martes, cuando el Parlamento votará si abrir una investigación sobre su responsabilidad en el nombramiento de Peter Mandelson como embajador en EEUU. Mandelson, exministro con Tony Blair, está involucrado en la red de contactos de Jeffrey Epstein, el millonario pederasta cuya sombra planea sobre grandes figuras de la política estadounidense y de otros países.

Starmer decidió nombrar al apodado «príncipe de las tinieblas» como representante en Washington con la esperanza de que una figura así de polémica se sintiera como en casa en la corte de Donald Trump. Para ello, eximió a Mandelson de las investigaciones a las que se someten todos los cargos sensibles para evitar conflictos de intereses o riesgos personales que pudieran estallar en el futuro. Y una de esas bombas estalló, precisamente, cuando su nombre apareció en los ‘papeles de Epstein’.

Y la decisión de nombrarle a toda costa puede salirle muy cara. El responsable de vetar a los cargos en la Administración ha acusado a Starmer de ordenar darle el visto bueno aunque no cumpliera los requisitos. Starmer se defendió culpando a otras personas, y esas palabras son las que pueden llevarle a la perdición. Los ‘Tories’ han pedido enviar a Starmer al Comité que evalúa si algún cargo ha mentido ante el Parlamento, el mismo mecanismo que Starmer usó para acabar con la etapa de Boris Johnson en el poder hace cuatro años. Si Starmer perdiera esa votación y se viera abocado a una investigación, su posición sería insostenible.

Amenaza de descalabro electoral

En principio, la mayoría absolutísima laborista debería protegerle. Pero sus propios diputados no están nada contentos con él. La popularidad del primer ministro está por los suelos y el partido se ha hundido en las encuestas. Y, precisamente, el próximo jueves 7 de mayo, Starmer se arriesga a una catástrofe electoral en las elecciones municipales y autonómicas que desate la rebelión interna.

En estos comicios, los laboristas ponen en juego el Gobierno de Gales, que han mantenido ininterrumpidamente desde el comienzo de la autonomía galesa en 1999, y más de 2.100 concejales en Inglaterra, especialmente en Londres, el feudo histórico del partido. Las encuestas, sin embargo, apuestan a un hundimiento total, con una gran parte de sus votantes saltando a otros partidos de izquierdas: en Gales quedarían relegados a tercera o incluso cuarta fuerza, siendo reemplazados por los nacionalistas de Plaid Cymru; y en Londres sufrirían un desangramiento ante los Verdes y fuerzas locales.

Una catástrofe a ese nivel validaría los resultados de las encuestas nacionales, que ven un triple empate sobre el 18% entre Laboristas, Tories y Verdes, con la extrema derecha de Reform UK en primera posición, rondando el 25%. Los márgenes son tan estrechos que una subida de unos pocos puntos podría suponer un vuelco enorme en las expectativas electorales de un partido u otro, y reemplazar a Starmer por otro primer ministro es una de las formas más sencillas que tendrían los laboristas de hacer un ‘reset’ a su imagen.

La ‘relación especial’ se marchita

En el transfondo de esta crisis está un problema bien conocido y que Reino Unido aún sigue sin poder resolver: los efectos del Brexit sobre la economía británica. El PIB y los ingresos per cápita llevan años estancados, con un crecimiento mínimo, ante los efectos de la ruptura comercial con su principal socio económico. La intención de los ‘brexiters’ era reemplazar a la UE con EEUU, pero la guerra de Irán ha dejado a la ‘relación especial’ entre ambos países al borde de la ruptura: Donald Trump no esconde su furia por la negativa de Londres a unirse a la guerra de Irán, y los daños económicos y políticos de la guerra están siendo tan claros que ni los partidos de derechas británicos son capaces de defender la actuación de Trump. Y el miedo a una ruptura inmediata de la OTAN está creando un estado de pánico larvado en un sistema político que se veía a sí mismo como el ‘hermano pequeño’ de un EEUU que nunca les dejaría solos.

El problema al que se enfrenta el país es que la mejor solución, volver a la UE, es cada vez más clara, pero sigue siendo una bomba de relojería en un país en el que partidos y votantes aún se definen a sí mismos en base a la decisión de aquel fatídico referéndum de hace una década. Starmer se niega a pedir el reingreso, ante el miedo a reabrir aquel melón, pero las bases laboristas presionan cada vez más fuerte en esa dirección.

¿Quién podría ser el sucesor?

La gran pregunta es quién podría reemplazar a Starmer, y la falta de un candidato que acapare el consenso del partido es el principal motivo de que el primer ministro siga aún en el cargo. Sobre la mesa hay tres figuras. La primera, y la que acapararía más consenso, es el alcalde de Manchester, Andy Burnham, que ya se ha presentado a dos primarias del partido antes. El problema es que para ser primer ministro hace falta ser diputado, y Starmer ya ha vetado su candidatura como diputado hace apenas dos meses. En la práctica, es difícil enfrentarse a alguien cuando hace falta que dicha figura te dé permiso para enfrentarte a él.

Las dos alternativas son dos figuras que ya han estado en la cúpula. El favorito de la militancia de base es Ed Miliband, ministro de Energía y Cambio Climático y exlíder del partido (2010-2015). Miliband tiene la experiencia de haber sido líder de la oposición, y el apoyo de unas bases que aprueban masivamente su giro hacia las energías renovables, especialmente ante la subida de precios de los combustibles fósiles por la guerra de Irán.

La otra aspirante es Angela Rayner, ex vice primera ministra. Su perfil es exactamente el del votante que quiere atraer el partido: una persona sin estudios universitarios, de clase obrera, salida de las zonas más pobres del norte de Inglaterra, que llegó a lo alto del Partido Laborista a base de tesón y compaginando una vida como madre soltera. Su problema es, en este caso, legal: se vio obligada a dimitir el año pasado ante las dudas de haber pagado menos impuestos de los debidos por la compra de una segunda vivienda. Si la investigación contra ella se cierra en las próximas semanas sin ninguna responsabilidad legal, Rayner sería una de las favoritas. Si no, el riesgo de que la investigación pudiera estallarle en el futuro sería un paso demasiado grande.

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