España es el mercado laboral europeo que más ha castigado a sus jóvenes en los últimos 20 años

España es el mercado laboral europeo que más ha castigado a sus jóvenes en los últimos 20 años

El empleo juvenil arrastra una profunda herida en España que no ha logrado curar en los últimos veinte años y que se extiende a las magnitudes clave del mercado laboral: la tasa de actividad, la de ocupación y la de paro. Tres métricas que retratan a España como el país que más ha empeorado las perspectivas profesionales para los menores de 25 años de toda la Unión Europea.

En 2006, España tenía el mismo desempleo juvenil que la media europea (incluso levemente menor) con un mayor porcentaje de trabajadores en esa franja de edad, así como de activos. Un escenario que parece imposible a día de hoy.

Un análisis de la serie histórica de Eurostat apunta a un doble punto de inflexión. El primero se produce a mediados de 2007, cuando los desequilibrios en el sector inmobiliario empiezan a hacer mella en la construcción. El segundo, un año después, coincide con el inicio ‘oficial’ de la crisis financiera que desembocaría en la Gran Recesión. Y los primeros damnificados de este doble golpe, los que lo sufrieron con mayor intensidad, fueron los jóvenes.

Aunque la crisis inmobiliaria asesta el primer golpe, este tarda en verse en las estadísticas nacionales agregadas por la inyección de mano de obra migrante, que en esos años aún era elevada. Cuando la crisis se contagia a toda la economía a través del sector financiero, este efecto compensatorio también se esfuma.

Esta cadena causal parece clara hoy, pero entre 2007 y los primeros trimestres de 2008 había un debate político sobre la resistencia de la economía española que coincidió con la convocatoria de elecciones generales. Ello, a pesar de que el paro de los menores de 25 años empezó a dispararse incluso antes de la quiebra de Lehman Brothers.

Esto es significativo porque, a pesar de la notable mejora desde los peores momentos de la pandemia, el paro está hoy en niveles similares a los del pinchazo de la burbuja inmobiliaria. Pero aún más preocupante es que la tasa de ocupación es muy inferior a la de entonces, igual que la de actividad. Esto plantea una conclusión preocupante: la economía española no ha vuelto a abrir las puertas al mercado laboral que se cerraron a partir de 2007.

Una de cal y mucho de arena desde Europa

La comparativa con la UE deja un motivo de consuelo: España dejó de ser el país con la mayor tasa de paro de la UE. Hoy queda por detrás de Suecia, Rumanía y Grecia. Tampoco es el que más ha empeorado su desempleo desde 2006: aquí nos superan Estonia y, de nuevo, Dinamarca y Rumanía.

Pero somos campeones en caída de la tasa de actividad y la de ocupación. Hay países con menor tasa de actividad y de paro que España, pero ninguno en los que ambas variables se hayan desplomado tanto. Lo ocurrido en nuestro país no es una característica endémica de nuestro mercado laboral, sino una distorsión que se produce con la crisis de hace 20 años y que sigue muy lejos de resolverse.

Las tres estadísticas de empleo componen una ecuación cerrada. Que una economía reduzca el paro sin elevar la ocupación solo es posible porque los potenciales trabajadores abandonan el mercado laboral. O, mejor dicho en el caso de los jóvenes, que no llegan a entrar en él.

Como hemos contado en elEconomista.es, desde la crisis los menores de 25 años han retrasado su entrada al mercado laboral prolongando su etapa formativa, lo cual tiene una lectura positiva (trabajadores más formados). Pero esto no oculta el hecho de que los que sí quieren trabajar tienen menos oportunidades que antes. Algo que no ocurre en el resto de Europa y nos aleja de la verdadera convergencia en empleo juvenil.

En 2006, los diferenciales en las tres variables del mercado laboral arrojaban un saldo claramente positivo para España: más actividad, más ocupados y menos paro (aunque aquí la brecha era menor). Con la crisis, estos se dan la vuelta inmediatamente y no dejan de empeorar en los años siguientes.

Lo sorprendente es que, a pesar de que la brecha de paro ha mejorado con intensidad, las otras dos sí se han mantenido estables. Lo cual apunta de nuevo en la dirección de que el desempleo no se reduce tanto porque los jóvenes encuentren empleo como porque no lo buscan.

Durante la crisis, la explicación principal del elevado desempleo juvenil fue el abandono educativo. El relato es de sobra conocido: muchos jóvenes dejaron los estudios tentados por el dinero fácil del ladrillo, y cuando el sector colapsó se encontraron con que no estaban cualificados para trabajar en otra cosa. En comparación con aquella situación, que la tasa de actividad caiga porque los jóvenes sigan estudiando es una mejora.

Dos modelos para activar a los jóvenes

Pero esta tesis aflora un problema mucho mayor cuando comparamos la situación de España con la de economías como Alemania o Países Bajos que combinan una elevada tasa de actividad y ocupación mayor que la española y un desempleo que no solo es más bajo, sino que se ha reducido por debajo de los niveles anteriores a los de 2006 sin registrar las fluctuaciones de nuestro país durante la crisis.

En estos casos se combinan dos modelos distintos. El primero es el de la formación profesional dual (Alemania, Austria), donde el aprendiz en prácticas remuneradas se contabiliza como ocupado, de forma que estudiar y estar activo no son categorías excluyentes. El otro es una cultura de empleo a tiempo parcial extendida entre los estudiantes (Países Bajos, Dinamarca, Suecia), sin que medie necesariamente un sistema formal de formación dual.

Eso sí, en este caso, se puede producir una tasa de paro más alta (los jóvenes buscan empleo, pero no lo encuentran) que es lo que ocurre en Dinamarca y Suecia, aunque también influyen las dificultades de integración de los inmigrantes de primera y segunda generación.

En 2006, España estaba más cerca del nivel de actividad juvenil alemán (49,2%) que del neerlandés o danés. La brecha se dispara desde entonces, España se sitúa hoy en 32,7% y Alemania en 52,8%, una diferencia de veinte puntos porcentuales frente a los 2,7 puntos de 2005. Eso sí, ninguno de los países de este grupo ha sufrido unas oscilaciones tan bruscas como España, seguramente porque los jóvenes llegan mejor preparados al mercado laboral.

La cuestión es si el mercado laboral español ha cambiado lo suficiente desde los tiempos de la burbuja inmobiliaria para absorber la demanda de empleo de los jóvenes y si esta transformación pone el foco en los estudiantes (sea mediante la FP Dual u otras fórmulas). La respuesta a ambas preguntas, a la luz de la comparativa europea, es no. En este caso, el hecho de retrasar la formación parece convertirse en un refugio ante un horizonte complejo más que un trampolín para el futuro profesional.

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