Hace casi seis años desde que Boris Johnson, entonces primer ministro con una mayoría absoluta apabullante, firmó el Acuerdo de Salida de la UE, poniendo fin a cuatro años de melodrama, caos político permanente, acuerdos negociados y rotos, derrotas parlamentarias históricas, elecciones y advertencias de los economistas. Seis años después, todos los objetivos detrás de aquella campaña se han demostrado un fracaso: la economía ha empeorado, la inmigración se ha acelerado, Hacienda se ha visto obligada a subir los impuestos a su mayor nivel histórico y el país, lejos de celebrar un renacimiento nacional, está inmerso en su mayor nivel de división en un siglo. En esta situación, el Gobierno británico está empezando a abrir la puerta a un acercamiento al club, aunque sin pronunciar la palabra mágica, «regresar». ¿Hasta qué punto es eso posible?
El primer paso lo dio el vice primer ministro, David Lammy, afirmando en un pódcast que «es obvio que dejar la UE ha dañado gravemente nuestra economía». Sobre la mesa, un estudio de la Oficina Nacional de Investigación Económica de EEUU, titulado «El impacto económico del Brexit«. Ese informe apunta a que la economía británica ha encogido un 8% respecto a lo esperable si el país hubiera seguido en el club europeo. La inversión ha encogido entre un 12% y un 18%, el empleo es un 3-4% menor, y la productividad también ha caído un 3-4%. En otras palabras, el golpe económico ha sido enorme y rotundo: Reino Unido es hoy un país más pobre que si el Brexit no hubiera ocurrido.
Un fracaso rotundo
El resultado se nota en las cuentas públicas: un informe de la Biblioteca de la Cámara de los Comunes cifra en 90.000 millones de libras -un 8% del PIB- el coste anual en impuestos dejados de ingresar por la caída en productividad y empleo. El resultado ha sido una subida de impuestos histórica por parte de los últimos gobiernos, tanto conservadores como laboristas, equivalente a unas 3.000 libras por persona. Y pese a ello, los servicios públicos siguen sufriendo como nunca. La icónica promesa de Johnson de «ahorrar 350 millones de libras a la semana» en transferencias a Bruselas resultó tener mucha letra pequeña: ‘ahorrar’ 18.200 millones al año no sirve de mucho si a cambio tienes que prenderle fuego a 90.000 millones.
A eso se suma el rotundo fracaso a la hora de limitar la inmigración. Una de las promesas del Brexit era cerrar la puerta a la entrada de inmigrantes, pero la realidad ha sido completamente la contraria: la cifra de nuevas llegadas se disparó de unas 800.000 personas anuales antes del acuerdo de salida a más de 1,3 millones en 2022 y 2024 y un pico de 1,5 millones en 2023. Si el total neto está bajando es prácticamente solo porque la emigración de ciudadanos británicos también ha subido con fuerza, de 500.000 a 700.000 personas cada año.
Además, el objetivo de romper amarras con la economía de la UE ha fracasado a todos los niveles. Los prometidos acuerdos comerciales del Reino Unido independiente apenas se han materializado, y la esperanza de que ocurran en el futuro es minúscula mientras Donald Trump siga en la Casa Blanca, atacando al comercio mundial. La libertad regulatoria británica se ha quedado en nada frente al poder de Bruselas: el Reino Unido se ha limitado a copiar o mantener todas las regulaciones europeas para proteger su comercio con la UE. Y el resultado es que sus cifras económicas son peores que las del club que abandonó: el PIB de la Eurozona acumula un alza del 6,4% desde 2020, frente al 5,3% de Reino Unido; y el euro acumula una inflación del 22,82% desde entonces, frente al 28,25% de la libra, según las distintas agencias estadísticas.
Cómo dar marcha atrás sin que se note
Los conservadores, que apostaron todo su capital político al Brexit, hoy penan con la menor cantidad de diputados de su historia y una intención de voto por debajo del 20%. Pero los laboristas, que se opusieron a dejar la UE, hoy se encuentran en una situación más compleja: en las últimas elecciones prometieron «no volver al mercado común ni a la unión aduanera», dos líneas rojas que limitan ampliamente su margen de maniobra, y que sus propios votantes consideran insuficientes.
El resultado es que el primer ministro, Keir Starmer, se ha limitado a firmar un acuerdo para alinear a su país con algunas de las regulaciones europeas y negociar el reingreso en estructuras como las conexiones energéticas o el Erasmus para universitarios. «Para lograr la renovación económica, tenemos que seguir reduciendo las fricciones, tenemos que seguir avanzando hacia una relación más estrecha con la UE, y tendremos que ser maduros al respecto para aceptar que esto requerirá concesiones«, afirmó la semana pasada.
El problema es que lo que se puede conseguir con esos pequeños pasos adelante es bien poco. El Centro para la Reforma Económica valora el crecimiento potencial que brindarían esos acuerdos por debajo del 1% del PIB británico. La inmensa mayoría del 7% del PIB perdido se esconde detrás de la unión aduanera y el mercado común. «Es sorprendente la frecuencia con la que la ministra de Hacienda y el primer ministro lamentan los costes del Brexit, sin dar ninguna idea sobre cómo cambiar el statu quo», critica Joël Reland, investigador del ‘think tank’ UK In A Changing Europe. «Si lo que quieres es crecimiento, como dice el Gobierno, volver a la UE es lo más fácil. La mayoría de los economistas están de acuerdo. El problema es político«.
Según las encuestas, la mayoría de los británicos estaría a favor de solicitar el regreso a la UE, pero el margen oscila entre los 17 puntos en algunas encuestas y apenas 4 puntos en otras. En lo que sí hay un consenso claro es en apoyar «una relación más cercana con la UE»: hay un 55% a favor y apenas un 30% en contra, según el sondeo de la semana pasada de Opinium.
El problema es cómo venderlo políticamente, especialmente dentro del Partido Laborista, que teme perder apoyo en las zonas que apoyaron el Brexit si propone volver al mercado común. Por el momento, Lammy ya ha empezado a abrir la puerta: «Nuestro futuro está inextricablemente ligado a la UE y deberíamos trabajar deliberadamente en los próximos años para estar más cerca». Y especificó que «países como Turquía, dentro de la unión aduanera, se están beneficiando y viendo crecimiento en sus economías».
Como resultado, en el panorama político se han creado dos bloques claros. Tanto los conservadores como Reform, el partido del artífice del Brexit, Nigel Farage, apoyan mantenerse fuera de la UE. Enfrente, el bloque ‘progresista’ de los Liberal Demócratas, los Verdes y los nacionalistas de Gales y Escocia quieren la vuelta al club. La gran pregunta es qué harán los Laboristas, el único partido del bloque de izquierdas que prefiere mantenerse fuera. Especialmente si Starmer, que dirige un gobierno inestable y con un descontento creciente entre sus filas, acaba por caer en los próximos meses.
Al final, la gran tragedia del Brexit fue la negativa del Reino Unido a aceptar las concesiones. El plan de Johnson de «comer pastel sin engordar» y exigir mantener los mismos derechos de los miembros del club sin las obligaciones, acabó en un fracaso rotundo. El trauma de aquellos años es el que aterroriza a los políticos actuales, que temen reabrir la caja de Pandora. Pero la certeza de que aquella decisión fue un fracaso es cada vez mayor, y solo es cuestión de tiempo que algún líder político decida que apoyar públicamente el reingreso puede darle más votos de los que le puede costar.