La cumbre entre el presidente de China, Xi Jinping, y el de Rusia, Vladimir Putin, concluyó este miércoles sin sellar grandes acuerdos para proyectos conjuntos, dejando en el aire el gasoducto Fuerza Siberia-2, una infraestructura megalítica que sería capaz de transportar 50.000 millones de metros cúbicos de gas ruso anuales hacia China por Mongolia. Putin lleva años detrás de un acuerdo bilateral para hacer este proyecto y conseguir el contrato para Gazprom, la petrolera estatal rusa, debido a que perdió gran parte de su mercado europeo por las sanciones que le impuso la UE tras invadir Ucrania.
Esta cumbre se planteaba como la ocasión idónea para alcanzarlo, ya que el cierre del estrecho de Ormuz deja a China sin gran parte de la energía que compraba a Irán, por lo que Putin pensaba que esa necesidad de Pekín de poder mantener su suministro intacto ante posibles interferencias futuras haría que el líder chino se abriese a poner en marcha el proyecto.
Según fuentes citadas por la agencia de noticias Pravda, desde el Kremlin dijeron que «hay un gran entendimiento» en cuanto a los parámetros a seguir. Pero, por mucho que se hable de ese entendimiento, Putin volvió a Moscú sin una firma ni un calendario concreto para el proyecto.
Tras la reunión con Xi Jinping, Putin declaró ante el primer ministro chino, Li Qiang, que era fundamental resguardar la cooperación entre ambos países de cualquier «presión externa», al tiempo que las dos naciones impulsaban nuevos planes para expandir sus proyectos compartidos en el sector del petróleo y el gas. Por tanto, ha habido avances, pero sin el gran acuerdo esperado por Rusia.
Es cierto que Vladímir Putin tiene argumentos de sobra para explicar esas esperanzas, ya que en marzo, cuando la violencia en Oriente Medio escaló tras el ataque coordinado de Estados Unidos e Israel a Irán, China habló del desarrollo de un gasoducto ruso de gas natural dentro de su plan quinquenal. Posteriormente, a finales de abril, el consejero delegado de Gazprom, Alexey Miller, mantuvo un encuentro en Pekín con el presidente de la Corporación Nacional de Petróleo de China, Dai Houliang, donde ambos abordaron posibles vías para reforzar la cooperación estratégica entre las dos compañías, entre las que estaba esta futura infraestructura.
El más grande del mundo
Alexey Miller describió el proyecto de Fuerza Siberia-2 como «la infraestructura de transporte de gas más grande y que requiere mayor inversión de capital del mundo«.
Y no es para menos, el oleoducto que proponen se extendería a lo largo de más de 4.000 kilómetros entre su inicio en la península de Yamal, en el Círculo Polar Ártico, hasta Shanghái, pasando por Pekín.
Más de 2.600 kilómetros de esta infraestructura transcurrirían por terreno ruso a través de la tundra y los bosques siberianos, para luego pasar casi 1.000 kilómetros por las praderas de Mongolia.
Los 50.000 millones de metros cúbicos anuales que transportaría este gasoducto es casi lo que transportaba el inutilizado Nord Stream 1, que circula por debajo de las aguas del mar Báltico hasta Alemania y que suponía un tercio de las exportaciones rusas a Europa. De ahí que Rusia esté tan interesada en abrir esta línea hasta China.