Con la subida que se aprueba estos días para 2026, el salario mínimo interprofesional en España acumula un incremento del 66% desde 2018, pasando de los 736 euros mensuales a los 1.221. Este repunte ha hecho correr ríos de tinta por su potencial impacto en el empleo: un incremento de los costes laborales para las empresas reduce la contratación. Sin embargo, esto no ha ocurrido: pese a que el paro sigue relativamente elevado, el número de ocupados está en máximos históricos y muchas empresas hablan de dificultades para contratar. Pero ahora se plantea una inquietante posibilidad: que las empresas utilicen robots e inteligencia artificial para sustituir a los trabajadores humanos en puestos de baja cualificación. Algo a lo que apunta un reciente estudio realizado en Estados Unidos.
El estudio, firmado por los investigadores Erik Brynjolfsson y Andrew Wang, de la Universidad de Stanford, J. Frank, de la Universidad de Columbia Británica, Javier Miranda, de la Universidad Friedrich Schiller y Robert Seamans, de la Universidad de Nueva York, arroja una contundente conclusión: por cada 10% de subida del salario mínimo se eleva en un 8% la posibilidad de adopción de robots.
El análisis se centra en la industria manufacturera estadounidense, con una base de datos de 24.000 empresas, de las que menos de un 10% habían adoptado robots, si bien este porcentaje se ha disparado en las últimas décadas. Los «patrones de adopción» de la automatización permiten a los investigadores medir su vinculación con la subida de los salarios mínimos, un efecto que los investigadores consideran «consistente y económicamente relevante».
Las industrias más proclives a la automatización son la del automóvil, la aeroespacial, la producción de maquinaria industrial y la de semiconductores. Aunque aquí se percibe una clara diferencia en el impacto según el tipo empleo: mientras los puestos de menor cualificación (y los que cobran los sueldos más bajos), los que no son automatizables, sobre todo en las áreas de diseño, mantenimiento y supervisión, pueden ver incrementada la demanda de profesionales.
«Nuestros hallazgos sugieren que la política salarial puede acelerar la adopción de robots. Esto tiene implicaciones para los debates sobre el salario mínimo, en particular con respecto a los efectos sobre el empleo y los márgenes de ajuste de las empresas. Si bien los robots pueden mejorar la productividad, también pueden alterar la estructura del empleo, especialmente en los sectores de bajos salarios, como suele ocurrir en la industria manufacturera», remarca el estudio.
¿Productividad o destrucción de empleo?
Sin embargo, el estudio no detalla la destrucción neta de empleo por esta robotización y se limita a sugerir a los responsables políticos que consideren «estrategias complementarias para mitigar los posibles efectos de desplazamiento, como programas de reciclaje profesional o ayudas específicas para las pequeñas empresas». Es decir, que apoyen el reciclaje de los profesionales más afectados, que son los que cobran sueldos más bajos.
En todo caso, a pesar de sus limitaciones, el estudio llega en un momento interesante, en el que unas políticas de aumento del salario mínimo confluyen con el ‘boom’ de la inteligencia artificial generativa, que no solo permite automatizar tareas incluso entre los trabajos considerados ‘intelectuales’ y de mayor valor añadido, sino que han impulsado una nueva carrera por introducir robots en cada vez más industrias, incluidos servicios como la logística, el comercio, la hostelería, la atención sanitaria y a dependientes o el empleo doméstico.
¿Hasta qué punto son estos análisis extrapolables a España? En estos años, España ha redoblado su apuesta por la robotización en la industria, con más de 5.100 unidades instaladas al año según los últimos datos de la International Federation of Robotics (IFR). Pero es verdad que la situación de partida es muy inferior a la de otras economías europeas y no está tan clara la correlación con el incremento del SMI.
De hecho, no son pocos los economistas en nuestro país que defienden que la subida del salario mínimo contribuye a mejorar la productividad de la economía, ya que reduce la dependencia de los puestos de menor cualificación y anima a las empresas a invertir en tecnología y trabajadores mejor formados, que son los que atraen ahora el capital humano. Como apunta este estudio, esto es positivo si se traduce en mayores ganancias que permiten elevar los salarios. El problema es que la existencia de este círculo virtuoso depende de la velocidad con la que este proceso ocurre.
Si el SMI sube demasiado rápido y de manera general, como ha ocurrido en España, las empresas no pueden adaptar su ritmo de innovación, con lo cual la productividad y la mejora de márgenes se logran exclusivamente vía reducción y contención de costes laborales. En un escenario de crecimiento económico no tiene que traducirse en destrucción de empleo, pero explicaría por qué el SMI no arrastra al alza al resto de los salarios: no hay una mejora de la productividad.
Pero si por el contrario, la tecnología avanza demasiado rápido para que los trabajadores se adapten, la productividad y los márgenes crecen (se hace más con menos), pero tampoco se crea empleo porque falta mano de obra ‘no automatizable’. Es lo que puede ocurrir si la inteligencia artificial cumple sus promesas y, de hecho, en algunos países como Estados Unidos, estaría restringiendo la contratación de recién graduados, que son los que hacen las tareas más rutinarias en muchas empresas. En España esto no ocurre, claro que nuestras tasas de paro juvenil (con estudios o sin ellos) son mucho más altas que las estadounidenses y quizá impiden reflejar este fenómeno. En todo caso, con su fuerte apuesta por las subidas del SMI y la automatización del empleo, España se perfila como un campo de estudio óptimo sobre la relación entre ambas variables y las numerosas dudas que suscita.