Podía haber sido peor. Esa es la conclusión de expertos y economistas sobre una de las decisiones clave que ha definido el primer año del segundo mandato de Donald Trump. El pasado 2 de abril, el presidente de EEUU desencadenó una histórica guerra comercial contra el planeta Tierra entero. Una lluvia de aranceles masivos contra prácticamente todos los países del mundo que no se había visto desde hace décadas y que supone un giro de 180 grados a 75 años de creciente apertura comercial e interconexión entre todos los países. Mientras el presidente pronosticaba una segunda «era dorada» de la economía de EEUU gracias a la reindustrialización de la economía, los economistas preveían un hundimiento económico y una grave crisis inflacionaria. La realidad, sin embargo, se ha quedado a medio camino: EEUU ha esquivado las predicciones más catastróficas, pero hay pocos datos que celebrar.
El anuncio fue tan brusco como sorprendente. De la noche a la mañana, EEUU pasó de tener algunos de los aranceles más bajos del mundo a tener los niveles más altos, con una tasa mínima del 15% para todo el mundo y tasas extraordinarias para los países con los que el país norteamericano tiene mayores déficits comerciales, especialmente los asiáticos. Lo peor se lo llevó China, que se enzarzó en una guerra se subidas recíprocas con Washington que acabó por llevar sus aranceles al 145%, antes de llegar a un acuerdo para rebajarlos.
Y luego hubo un segundo golpe en agosto, cuando aprobó una segunda remesa de aranceles para muchos otros países, aunque rebajó los niveles iniciales a Europa, Japón o Corea del Sur con acuerdos puntuales. Además, a todo eso hay que añadir las tasas adicionales a productos como coches, acero, aluminio o madera, entre otros.
Sin embargo, lo más destacable es que la subida no ha sido tan brusca como se esperaba. Pese a haber aprobado un arancel base del 10% para todo el mundo y niveles mucho mayores para sus grandes socios comerciales, la tasa real apenas ha superado ese 10%. ¿Por qué? La respuesta está en las numerosas exenciones que ha aprobado por el camino. México y Canadá, pese a sus múltiples amenazas, pueden seguir exportando bienes a EEUU sin aranceles gracias a su acuerdo comercial, el USMCA, que Trump no se ha atrevido a derogar. Además, los smartphones, los ordenadores, gran parte de productos farmacéuticos y la energía están libres de impuestos. En la práctica, la red arancelaria tiene agujeros tan amplios que una gran parte de las importaciones se ‘cuelan’ sin pagar.
A eso se suman las múltiples marchas atrás y rebajas ordenadas por Trump en los últimos meses, en los sectores en los que los aranceles estaban haciendo más daño. El último ejemplo ha sido la rebaja al café, una materia prima que ha subido un 25% este año por culpa de las tasas del presidente, y otros alimentos básicos. El ‘Efecto TACO’ (Trump siempre se acobarda, en inglés) no ha evitado unos niveles arancelarios enormes en comparación con los que había antes, pero sí ha detenido las cifras más estratosféricas con las que había amenazado.
Esos agujeros son uno de los motivos que han permitido que la inflación no se dispare. Las predicciones de los analistas apuntaban a grandes subidas permanentes, y la Reserva Federal temía que los efectos de estos impuestos provocaran una segunda ola inflacionaria que se estancara en la economía. Pero sus efectos han sido limitados, y aún están procesándose. Según explicó Jerome Powell, presidente de la Fed, en su última comparecencia, las subidas de precios terminarán de digerirse en 9 meses. Para entonces, si Trump no vuelve a subirlos, los precios volverán a estabilizarse.
Sin embargo, los consumidores han salido perjudicados por esta decisión. Los bienes que más han notado los aranceles en sus precios son, precisamente, los bienes de consumo finales, los que compran las familias. La inflación está estancada en torno al 3%, y el coste para una familia media será de 1.700 dólares más cada año, según el Peterson Institute. No solo eso, sino que estos son los impuestos que más notan las familias: los que se suman directamente al precio de venta de la comida, la ropa y los coches.
La manufactura crece en empleos… para robots
El gran objetivo de Trump era cerrar las fronteras a las importaciones para incentivar a las empresas de EEUU a resucitar el sector industrial manufacturero. Una forma de volver a los grandes años de después de la II Guerra Mundial, en la que prácticamente ese país era el único del mundo que tenía una industria establecida y que no había sido bombardeada en pedacitos. El secretario de Comercio, Howard Lutnick, describía así su sueño: «Todos esos millones y millones de personas que se dedican a atornillar iPhones… Traeremos todos esos trabajos de vuelta a EEUU».
Sin embargo, la realidad es tozuda: todas esas firmas han invertido miles de millones en desarrollar plantas altamente especializadas. Traerlas de vuelta a EEUU no es algo que se pueda hacer de la noche a la mañana. Además, ese tipo de trabajo manufacturero está muy mal pagado, es muy cansado y a la mayoría de estadounidenses no les hace ninguna ilusión. Y, por si fuera poco, la revolución de la IA está creando cada vez más fábricas en las que no hacen falta seres humanos: los robots lo hacen todo.
El resultado es que el sector por el que tanto se ha desvivido Trump lleva en contracción desde el mismo día de su anuncio arancelario. Los informes del Institute for Supply Management cuentan que numerosas empresas del sector se están viendo obligadas a cerrar o subir precios ante el fuerte aumento de sus costes de suministro y la enorme volatilidad de la política del presidente.
El PIB resiste, el empleo se estanca
Y eso se nota en la desconexión entre dos de los grandes indicadores de toda economía. El empleo ha perdido fuelle de forma clara, hasta registrar caídas en octubre. Los dos últimos datos están algo distorsionados por el efecto del cierre del Gobierno que hubo en aquel mes, pero la conclusión es clara: aunque los aranceles no hayan hundido el empleo en EEUU, desde luego que no lo han impulsado.
Precisamente, ese parón contrasta con el crecimiento del PIB, que se ha disparado un 4,3% anualizado en el tercer trimestre, según los datos publicados hoy. Es probable que el efecto de la IA, tanto su aplicación como las inversiones en el sector, estén impulsando la economía más allá del empleo. Pero el sueño de traer la industria de vuelta de China a EEUU parece mucho más lejano que antes.
Al final, los aranceles han sido algo más pequeños de lo temido, lo que ha permitido amortiguar su impacto. Los ciudadanos lo están pagando, pero no tanto como se temía. La inflación sigue por encima del objetivo del 2%, el empleo se ha estancado y la sensación general de los consumidores es pésima: las encuestas de la Universidad de Michigan y de The Conference Board apuntan al mayor descontento de los consumidores de la historia de ambos sondeos. Pero quizá el mayor impacto ha sido sobre el concepto de la apertura comercial y la globalización como un destino inevitable para el planeta. El bloqueo autoimpuesto de EEUU a sí mismo es un mensaje mucho más alto y claro que los números económicos que haya producido.