El presidente de Estados Unidos y la primera dama llegaron el martes al Reino Unido para iniciar una visita de Estado calificada como «sin precedentes«. Es la segunda visita oficial de este tipo en menos de una década, un hecho inusual en la diplomacia británica.
El programa incluye los encuentros con el rey Carlos III, una jornada compartida entre la princesa de Gales y la primera dama en Frogmore Gardens, y el banquete de gala en el histórico St George’s Hall del Castillo de Windsor. El príncipe Guillermo y su esposa recibieron a Donald Trump y Melania en la finca de Windsor, y después se unieron al monarca y a la reina en un desfile en carroza hasta el castillo. Además, Trump se encuentra en la residencia campestre de Chequers con el primer ministro.
El coste que este tipo de eventos supone para las arcas públicas es una pregunta recurrente, aunque la respuesta exacta no es sencilla. Su primera visita, en 2019, implicó un desembolso cercano a las 3,9 millones de libras únicamente en seguridad policial, con un total que, ajustado a la inflación, superaría hoy los 5 millones (5.7 millones de euros).
Las visitas de Estado al Reino Unido son invitaciones formales del jefe del Estado británico (a Trump se la entrego Starmer en Washington en nombre de Carlos III) y constituyen el máximo honor diplomático que puede otorgarse a un dirigente extranjero. No suelen repetirse con tanta frecuencia, lo que convierte esta segunda invitación a Trump en un gesto extraordinario por no decir histórico.
Organizar un programa de este calibre implica meses de preparación y la movilización de cientos de trabajadores en logística, protocolo y seguridad. Cada recepción, desfile o banquete requiere un despliegue de recursos que, según estimaciones de expertos, puede elevar el gasto total a más de 20 millones de libras (más de 23 millones de euros).
El banquete de Estado, que tuvo lugar el miércoles en St George’s Hall, fue, carrozas aparte, el momento más vistoso y solemne de la visita. Estuvieron presentes cerca de 170 invitados, entre altos cargos políticos, líderes empresariales y miembros de la familia real. Tim Cook, de Apple o Rupert Murdoch (News Corp), entre ellos.
El menú, elaborado por el equipo de cocina de la Casa Real, «muy pesado para una cena«, según una nutricionista consultada por este medio combinaba tradición británica y refinamiento internacional. Cada plato se sirvió en vajillas de porcelana fina, con cubiertos de plata y copas de cristal tallado. Aunque muchos de estos elementos forman parte del patrimonio histórico, su preparación y mantenimiento requieren semanas de trabajo: desde pulir a mano miles de piezas de cubertería hasta ensayar la coreografía del servicio. El coste de un banquete de esta magnitud se estima en más de 200.000 libras. Solo la mesa única tardó cuatro días en prepararse.
Uno de los momentos más ostentosos y comentarios ha sido el traslado en carrozas desde la finca de Windsor hasta el castillo. La Royal Mews mantiene una flota de carruajes históricos y más de un centenar de caballos entrenados para estos actos. Su mantenimiento anual asciende a varios millones de libras, parte de los cuales se destinan específicamente a visitas de Estado.
El desfile contó con la Guardia Real en uniforme de gala, bandas militares y un dispositivo ceremonial que, en conjunto, podría costar según las estimaciones de la prensa británica entre medio millón y un millón de libras.
Sin embargo, el capítulo más oneroso es la seguridad. La presencia de Trump implica siempre medidas excepcionales. Durante su anterior visita, la Policía Metropolitana desplegó miles de agentes, apoyados por francotiradores, helicópteros, vehículos blindados y sofisticados sistemas de inteligencia. Pero esta vez el despliegue se ha igualado con el que tuvo lugar en la coronación del Rey Carlos III, sin duda el acto institucional de más alto rango y envergadura en el Reino Unido.
En un contexto marcado por manifestaciones de protesta, como ha ocurrido (y ya sucedió en la anterior visita de Trump), el dispositivo ha sido máximo.
Solo el refuerzo policial podría superar los 15 millones de libras (cerca de 16.5 millones de euros). A ello se suman los costes de cierres de calles, desvíos de tráfico y medidas de control en las principales ciudades.
Aunque el Air Force One y la comitiva aérea corren a cargo de Estados Unidos, el Reino Unido asume la responsabilidad de los traslados internos y la seguridad en cada trayecto. Trump suele viajar con un séquito numeroso, lo que complica la logística. Convoyes de limusinas blindadas, vehículos de apoyo y helicópteros deben coordinarse con rutas cerradas al tráfico. Estos preparativos añaden varios millones de libras a la factura final.
¿Quién paga?
La financiación se reparte entre el Gobierno británico y la Casa Real. El Ejecutivo asume principalmente los costes de seguridad y organización, mientras que el presupuesto soberano financia el banquete y las ceremonias. Estados Unidos, por su parte, cubre únicamente los traslados internacionales del presidente y su equipo.
La cuestión de quién paga y cuánto ha generado intensos debates en el Parlamento y en la opinión pública. Para muchos ciudadanos británicos, resulta difícil justificar estos gastos en un contexto de presiones sobre los servicios públicos.
El valor político y diplomático
Defensores de estas visitas sostienen que el coste se ve compensado por los beneficios diplomáticos y económicos. Reuniones de alto nivel pueden traducirse en acuerdos comerciales, inversiones y un fortalecimiento de la relación bilateral con Washington, considerado el socio estratégico más relevante del Reino Unido tras el Brexit. Se habla de acuerdos comerciales por encima de diez mil millones de euros.
No obstante, los críticos ven en estas ceremonias un derroche anacrónico que proyecta una imagen de lujo excesivo en un país que enfrenta recortes presupuestarios en áreas esenciales como la sanidad o la educación.
Entre el boato y la polémica
La segunda visita de Donald Trump como jefe de Estado es en cualquier caso un acontecimiento caro, si bien el balance será altamente positivo: la pompa real, los desfiles y los banquetes ofrecen un espectáculo de tradición que fascina al mundo y relanza la imagen del Reino Unido, pero detrás de esa puesta en escena se esconde una factura que los contribuyentes británicos deberán asumir en buena medida.
El dato final se conocerá una vez concluida la visita, pero todo apunta a que superará con creces los costes de la visita anterior.